Observatorio Ecuménico de Derechos Humanos en Hondura

Observatorio Ecuménico de Derechos Humanos en Honduras

Tegucigalpa, MDC 28 de marzo del 2011

Cuando predominan los justos, la gente se alegra; cuando los malvados gobiernan, la gente sufre. Prov. 29: 2.

No hay duda que por muchos años los malvados han gobernado Honduras. Hoy la gente sufre, hoy, el pueblo llora sus muertos y pide justicia. Pero, así como hay represión en las calles, también hay un despertar de esperanza a través de una conciencia colectiva renovada y comprometida con los cambios que son urgentes e impostergables.

Pasaban las 9: 30 de la mañana del viernes 25 de marzo del 2011, cuando mi teléfono celular timbró: ¡David, Por favor ven a ayudarnos. Nos están persiguiendo! Era mi amigo, el profesor y teólogo Hector T.

Inmediatamente tomé mi cámara, mi identificación

Estudiantes y Maestros cerca del COPEMH

como procurador de derechos humanos (que de poco sirve ante la policía y militares hondureños) y me dirigí prontamente al lugar de los hechos.

En cuanto llegué pude observar grupos de jóvenes, hombres y mujeres corriendo, pidiendo en las casas vecinas se les permitiera ingresar para no ser atrapados por los uniformados represores. Algunas personas les auxiliaban, otras, por miedo o por insensibilidad, les cerraban las puertas.

La angustia era evidente. Juntamente con Hector, nos identificamos con los que huían y algunos vecinos nos permitieron entrar en sus viviendas. Se oía gente corriendo, veíamos patrullas repletas de soldados, persiguiendo y dando cacería a maestros que no sabían hacia donde correr.

En ese momento pude levantar el testimonio de varios profesores y profesoras; también el de algunos padres, estudiantes y pobladores que acompañaban la protesta. Todos coincidían, aunque la esencia de sus relatos fuese diferente; golpes, gases intoxicantes, disparos e insultos por parte de la policía y el ejército contra la población indefensa, en una manifestación justa y pacífica.

Maestros y pobladores cerca de la sede del COPEMH

La policía corría por las calles de las diferentes colonias donde los maestros buscaban albergue. Los soldados, al no poder ingresar a las casas, lanzaban bombas intoxicantes, para hacer salir a los que estaban en el interior de las mismas, sin importar la violación de la propiedad privada, el daño a la salud de los residentes de ese hogar y el clima de violencia generado en zonas residenciales privadas y sanas.

Policía lanzando bombas intoxicantes contra el pueblo (foto de los Necios)

Pudimos conocer el caso de una joven señora con 7 meses de embarazo, que por seguridad no diremos su nombre, que, juntamente con su madre, con una niña de 7 años y con un bebé de 9 meses, recibió tremenda andanada de gases y, a pesar de sus gritos y súplicas para que pararan tal agresión; no fue oída.

Otro caso fue el de los niños de la escuela Japón, quienes tuvieron que huir intoxicados, pues la cantidad de bombas lanzadas por el ejército, inundó completamente toda la escuela. Niños, niñas, maestros y maestras asfixiados, con vómitos, con ataques de asma y desmayos, sin atención médica ni humana por parte de las autoridades.

Compañeros refugiados en escuela Japón y madre y niños/as gaseadas

Después de auxiliar a algunos de los que estaban refugiados en casas, llevándoles a lugares más seguros, nos dirigimos a la sede del COPEMH (Colegio de Profesores de Educación Media de Honduras). Allí pudimos constatar cómo la policía y los militares lanzaban directamente al interior de esa institución las bombas intoxicantes, sin el más mínimo respeto a la vida humana ni a la propiedad privada. No nos extraña pues en Honduras los militares mandan el país y están sobre las leyes.

Periodistas, maestros, padres, estudiantes y pobladores en general agredidos, golpeados, heridos, intoxicados, amenazados, apresados, violados sus derechos, etc.

Principio del formulario

Final del formulario

Derechos Humanos. Una fábula al estilo Honduras.

Bueno, en todo ese clima de terror y maldad, la iglesia cristiana, especialmente la evangélica y protestante, está bien resguardada en sus templos y en sus celebraciones de alegría y paz, pues ellos y ellas no son de este mundo y mucho menos de esta pobre Honduras corrupta y contaminada (según ellos).

No sé si tengo la capacidad de decir: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Pero, si puedo decir: Padre, ayúdame a hacer lo que sé que debo hacer, cueste lo que cueste.

Pastor Franklin David del Cid

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